Blog de Carlos Alonso

Solidaridad y sentido común

Vivimos en un Estado aconfesional y debe ser por eso que no se practica aquella vieja máxima de San Mateo, que en lo tocante a la caridad no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. La discreción ha dejado de ser un valor, especialmente en la política que parece haberse convertido en un gigantesco escaparate, en un decorado de cartón piedra donde es más importante la forma que el fondo.

Dije esta semana y repito hoy que acoger a refugiados no debe convertirse en una carrera para salir en la foto y decir “¡qué guay soy!”. Que resulta frívolo que se haga política de imagen con un problema gravísimo que afecta a millones de personas que padecen situaciones de pobreza extrema y cuyas vidas se encuentran en peligro. Pero está visto que todo lo que salta a los medios de comunicación se transforma de inmediato en un asunto publicitario y que algunos —demasiados— convierten sus posturas en postureos.

Hace unos días el Gobierno español tomó la decisión, afortunada a mi juicio, de ofrecerse para recibir a las más de seiscientas personas que se encontraban en una desesperada situación en un barco, el Aquarius, al que Italia le negaba el permiso para acceder a alguno de sus puertos. España actuó como debía ante un problema humanitario grave. Y acto seguido, comenzó una especie de carrera en donde unos se ponían del lado de la acogida y otros acusaban al Gobierno de estar fomentando un “efecto llamada” que a largo plazo podría ser contraproducente para nuestro país. El propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tuvo que salir ante los medios de comunicación para matizar la posición española y advertir que el gesto humanitario de ninguna manera implicaba que los puertos españoles estén abiertos para una arribada masiva.

En las Islas Canarias vivimos durante algunos años la presión de ser el punto de entrada de la emigración subsahariana. Fueron años difíciles, que nadie está en condiciones de garantizar que no se vuelvan a repetir. Y creo que aprendimos la lección de que  ante este tipo de fenómenos es necesaria la solidaridad con los que llegan y la de los que reciben ese impacto migratorio. Porque es verdad que durante algún tiempo Canarias se vio desasistida ante un problema que del que parecía que nadie quería saber nada.

Hacer política de imagen con los asuntos de Estado suele tener malas consecuencias

Hacer política de imagen con los asuntos de Estado suele tener malas consecuencias. Lo hemos visto con las políticas antiterroristas. Lo estamos viendo con asuntos tan importantes como el sistema de pensiones de nuestro país. Y parece que lo volvemos a ver con el fenómeno de la emigración en donde se confunden inmigrantes ilegales con refugiados, familias que huyen de la violencia y la guerra con migrantes que buscan una vida mejor.

Las soluciones limitadas para problemas ilimitados son complejas. La capacidad de nuestras sociedades para recibir, integrar y ofrecer una vida digna a los inmigrantes, está muy lejos de ser infinita. Los aluviones incontrolados de emigración han producido en muchos lugares de Europa un importante impacto cultural y social que no todos han soportado igual. La xenofobia está creciendo en muchos países de la Unión Europea, como hemos visto con el discurso del nuevo presidente italiano —apoyado por un movimiento populista de izquierdas— o en los resultados electorales en Francia o Austria. No hay que darles más argumentos a quienes sienten aversión por la llegada de emigrantes. Tiene que ser un fenómeno que tratemos con humanidad y con sentido común, comprometiéndonos a llegar al máximo de la capacidad que tenemos para asumir una solidaridad a la que estamos obligados.

La política de gestos tiende a volverse un espectáculo. Detrás del maquillaje tiene que existir algo más sólido. Nuestro primer compromiso es con el bienestar de nuestros ciudadanos. De los que ya lo son y de los que aceptemos como tales. Y garantizar ese bienestar nos exige actuar con toda responsabilidad y ninguna frivolidad. Espero que los partidos políticos en España estén a la altura de entenderlo, aunque no es lo que parece.

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